Hombres y Barcos

El hombre es el bote. Hay nombres de botes o de barcos que terminan por ser nombres de personas, como el viejo Noi, al que llaman así porque así se llama su canoa.

En las riberas de Tigre y San Fernando se alzan grandes astilleros en cuyas gradas crecen buques de ultramar. Pero esos no son los barcos que interesan al isleño.

Lo que se dice un barco es ese perfil chato y tenaz que arrastra casi a flor del agua los trozos de álamo y sauce. Los más pequeños cargan diez o veinte toneladas; los más grandes, arriba de cien.

José Maeta –que era un chico cuando su padre lo trajo a Las Animas, en 1906– pasó cuarenta y dos años a bordo del Feliz Buenos Aires. En ese tiempo, los arroyos se navegaban con botadores o con botes de proa tirando del casco, hasta salir al Río de la Plata, donde se izaba la vela y se agarraban todos los chubascones y los fríos, porque «no teníamos gabina, íbamos sobre la troja, con la soguita». En 1911 le pusieron motor de nafta y, en el ’24, máquina grande.

–En el ’40 nos salvó a todos de la creciente, incluso a una vaca que teníamos y que subimos a bordo.

«Mochila» se llamaba la vaca, y era un manantial.

A la muerte del padre, José Maeta vendió el barco, pero aún no ¡ se ha desligado de él, de su casco hundido en el Mosquito.

–Cada vez que paso, lo miro y me digo: «¡La pucha…!», porque yo envejecí a bordo… Pobrecito… –agrega como si hablara de alguien.

Otros cascos muertos despiertan la piedad o la fantasía del isleño. En un arroyo ciego sobre el Lujan, un taller en ruinas exhibe, entre la escoria de la marea, el destino final de todo lo que navega: la hierba horadando el hierro del Presidente, el marco de un cuadro sin cuadro enganchado en el cepo del ancla del Tubicha. Por encima de tales pesares, el sol blanquea las tablas de un drama mayor. Nadie sabe qué hace metido en el barro de esa zanja el casco con doble forro de teca de un cúter. Su línea afilada sigue intacta, pero del tambucho de popa surge un ligustro y en la cruceta del aparejo Marconi tiene su nido un hornero.

Entre firuletes de verdín se extingue el nombre del Marylú, y la justicia de los hombres del río ensaya la única explicación posible: –Era de un maharajá.

De estas cosas puede hablarse indefinidamente: del primer vapor que llegó a San Fernando nada menos que en 1826, o del primer barco de hierro que trajo Sagemuller a Paranacito; su nombre era Margot.